No se como será ser niño en otros países del mundo, porque nunca de niño tuve la oportunidad de visitar otro país. Lo que si supe bien, y hasta la saciedad, fue como se es niño en está tierra de Bolívar, más aún si tus recursos económicos no alcanzan para ser mi pobre angelito y los chicos de los clásicos de Walt Disney. Los chamos, como comúnmente suele llamársele a los niños en Venezuela, nos las arreglábamos para ser felices y hacer de cada aventura, un recuerdo imborrable de nuestra vida. Si de juguetes se trataba, siempre llegaban de buena calidad, la materia prima con la que se elaboraban eran excelentes, como si nunca se iban a acabar. Para otros que los juguetes llegaban de uno, como mi caso, y estrictamente en navidad. El ingenio se apoderaba de nosotros. Para construir una patineta, solo bastaban cuatro rodamientos vencidos de cualquier cuerpo de aceleración de un vehículo, un pedazo de tabla, un puñado de clavos, un pedazo de cabestro para controlar la patineta y la bajada más grande del sector, al llegar abajo la satisfacción competía a la altura de una patineta RipStik.
En el Beisbol, deporte rey de los venezolanos, también nos coronamos reyes, la caimanera con pelota de media era una fascinación. No faltaba uno de nosotros, que un día haya tenido a la escuela sin medias, porque las había prestado el día anterior para la caimanera del siglo, el evento mas deseado entre los chamos. Donde se competía por una botella de refresco y una bolsa de pepitos (Bolitas de maíz y queso).
Esos tiempos han pasado, y la ciudad nos ha hecho más fríos, más consumistas, más atareados por las labores diarias, solo los recuerdos fugases y las risas escondidas en los recuerdos nos retrotraen a nuestras épocas doradas de la infancia. Ya los chamos de hoy se dirigen solo a la era cibernética, donde la computadora y los juegos de video, sustituyen inevitablemente a la patineta de la tabla y las cuatro rolineras.